Aguirre, que no Esperanza

Foto de la boda que publica El Mundo

En 1967, las familias Carmena y Leira padecían un sinvivir constante. Y no era para menos. La niña, Manuela, se nos quiere casar ¡por lo civil! En aquel entonces, ese proyecto era similar a casarse por lo Procesal, o a que el matrimonio lo consagrase el Tribunal de Aguas de Valencia. Vamos, que una boda así imprimía carácter de leso franquismo y quedabas fichado como tipo peligroso.

Una de las dos familias, o las dos en connivencia, dieron en pensar que lo mejor era poner el caso en manos del jesuita Jesús Aguirre, a la sazón sacerdote en la iglesia de la Complutense y miembro del Frente de Liberación Popular, o Felipe, donde militaban, entre otros personajes a los que les aguardaba un destacado futuro, Cerón Ayuso, Vázquez Montalbán, el conde de Fontao, Semprún, Roca, Leguina, Sartorius, Serra, Maravall… Muchos de ellos saltaron del Felipe a Felipe González pasando por Isidoro.

El caso es que Aguirre, futuro duque de Alba, se reúne con los pipiolos, y con maña ignaciana, les hace ver los inmensos peligros de llevar a cabo una boda civil. La mediación fue buena y los enamorados acceden a que sea el propio Aguirre quien los una en ceremonia católica, apostólica y romana. Al fin y al cabo, era una media hora corta. En realidad no pasó de cinco minutos.

La preciosa historia sobre la candidata de Ahora Madrid la cuenta este fin de semana Javier Negre, quien añade una aclaración del contrayente, Eduardo Leire, en el sentido de que ambos acceden a pasar por esos cinco minutos, siempre y cuando los casase en nombre de los hombres, y no en nombre de Dios. Es decir, un matrimonio religiocivil o civiligioso. Hay que reconocerle a don Jesús muy buena mano para las uniones, tanto por la suya posterior, como por ésta, que se acerca incólume a celebrar sus Bodas de Oro.

Un comentario a “Aguirre, que no Esperanza”

  1. Aureliano Buendía

    Vamos viendo, según andamos el camino, que los principios de Doña Manuela son inquebrantables…hasta que hacerlo es inevitable.

    Aunque supongo que ferviente anticatólica, se casó por la Iglesia porque la presión social del momento no permitía otra cosa.

    Muchos años después, su marido liquidó su empresa y a sus trabajadores acogiéndose a todos los mecanismos que el horripilante mercado laboral capitalista tiene establecidos para favorecer al explotador.

    En ambos casos, nada tendría yo que decirle. Es perfectamente legítimo (y más en un contexto como el de la dictadura) no poner en peligro una carrera social y profesional, aunque para ello tengas que hacer algo que te repugna íntimamente, como el matrimonio religioso.

    Igualmente, y por desgracia, también es muy normal que un empresario despida a sus trabajadores, a los que tenía contratados como técnicos de nivel inferior aunque eran arquitectos, en un contexto de crisis como el que vivimos y estamos viviendo. Lo que no debería ser tan corriente es que queden salarios sin pagar, pero se ha convertido en algo tan habitual, que hasta por ahí pasamos.

    Por tanto, lo que han hecho Carmena y su marido, en su vida personal y profesional, no es muy distinto de lo que hicieron otros miles, o millones de españoles.

    Lo que no me parece bien es que, después de tal ejecutoria, te subas al púlpito revolucionario y te autoproclames pontífice de la ética y único poseedor de la (verdadera) moral.

    En tal situación, no eres quien para despreciar ni creerte superior a nadie, ni siquiera a Esperanza Aguirre, por más que ésta haga lo imposible para batir el récord de gilipollez poselectoral.

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