La gran coalición

La gran coalición alemana, los conservadores Unión Demócrata Cristiana y Unión Social Cristiana, con el Partido Socialdemócrata

Después de las elecciones andaluzas, se publicó lo siguiente: “En los próximos días, el partido Ciudadanos tendrá la primera oportunidad de hacer un gesto favorable a que en Andalucía gobierne la fuerza más votada…” Son palabras del editorialista de El País.

El argumento, ya sabemos, es cuestionable porque la ley permite la formación de mayorías mediante sumas donde no intervenga la más votada, ni la segunda, ni la tercera; basta que el resultado de la misma lo sea. Solo después de ese intento, cobra auténtico peso esa supuesta lista ganadora sin mayoría absoluta.

Sin embargo, la polémica se arrastra una y otra vez cada vez que finaliza un recuento, quizá como herencia envenenada del 14 de abril de 1931, cuando los más votados no eran los ganadores, o viceversa, porque el escrutinio de aquellas municipales todavía continúa en los libros de los historiadores, abierto a todas las interpretaciones para quienes suman votos directos, concejales o alcaldes con mayoría, o para quienes consideran qué partidos eran los constitucionalistas, los monárquicos, antimonárquicos o republicanos sin ambages.

También se reaviva en cada ocasión la dicotomía insalvable que se establece entre las izquierdas y las derechas, no como expresión de dos ideologías, sino de dos trincheras, herencia esta vez de otra fecha posterior, el 18 de julio de 1936, que cuarenta y dos años más tarde se pudo suavizar, aunque solo en parte, por el 6 de diciembre de 1978.

Todos esos antecedentes desembocan en algunas declaraciones del tiempo presente que parecen extraídas de otras épocas y así, lo que en otros países es un ejercicio de normalidad democrática, aquí se considera una herejía. ¿Una gran coalición como la que sugiere Felipe González? ¡Anatema, anatema!

Un comentario a “La gran coalición”

  1. Aureliano Buendía

    La gran coalición es imposible, en este país.

    En realidad, el futuro está escrito, con mayor o menor precisión.

    Esperanza Aguirre, a la que nunca tuve gran simpatía y que desde el pasado domingo considero un personaje políticamente amortizado, dijo sin embargo, días atrás, algo en lo que conviene pensar: “las elecciones que gane Podemos serán las últimas en las que se vote con libertad”. Parece una “boutade”, de tantas que nos regaló la Condesa, pero quizá convendría reflexionar un poco más sobre ello.

    Pues bien, Podemos, o sus franquicias, han ganado en Madrid y Barcelona. Ello no equivale a un triunfo general, pero es suficiente para considerar puesto en marcha el cronómetro que marcará el fin del sistema.

    Tampoco los republicanos ganaron las elecciones municipales de 1931, y sin embargo su victoria en determinadas ciudades determinó el fin de la monarquía.

    Ahora, las circunstancias son distintas y no permiten una sucesión de etapas tan rápida, pero el camino está marcado. Son las casillas de un juego macabro, por el que estamos condenados a transitar, y que terminarán en un régimen cuyas características concretas no pueden describirse (sería adivinación) pero que tendrá menos riqueza, tan mal repartida como ahora, y encima, con menos libertades.

    Es lo que hemos votado, así que no podremos quejarnos.

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