Laboralistas

Montejo, de barba, porta el féretro de uno de los abogados

Manuela Carmena es una histórica, una de esas personas que si se lee el librillo de Albert Rivera al pie de la letra, no podrían estar hoy en política porque nacieron antes, mucho antes, de 1978.

La conocí el año anterior. Es más correcto decir que la vi. En ese tiempo frecuentaba uno de los dos despachos laboralistas de Atocha. Siempre se habla de uno, pero físicamente eran dos. El motivo era la defensa que de nuestro caso llevaba uno de los letrados más populares de aquel equipo, Nacho Montejo, fallecido hace dos años.

Nacho, un tipo tan gracioso y optimista como riguroso y efectivo, nos defendía a un grupo de periodistas y claro, durante meses teníamos allí reuniones semanales. Él había empezado con Cristina Almeida, después conoce a Carmena y se va a Atocha con ella. Los dos, Nacho y Manuela, escaparon por los pelos de figurar entre las víctimas de la matanza aquel mismo año de 1977. Él, porque lo vino a buscar su mujer, Gloria Bombín, para llevarlo a un acto. Ella, porque salió del despacho minutos antes. Siempre lo recuerdo como la frágil diferencia que existe entre la vida y la muerte, no solo para los dos abogados supervivientes, sino para nosotros mismos, que podíamos estar en Atocha como lo hicimos tantas veces en esas fechas.

Ahora Carmena está en los papeles rechazando la mano que le tiende Aguirre y no veo en la imagen nada edificante. Ella podrá decir que se encuentra en las antípodas políticas de su rival, o incluso que le molestó el uso que hizo del caso laboralista que afecta a la empresa de su marido, pero acaba de meterse en política y la política también es el arte de la convivencia y la pantalla desde la que enseñar cómo se ejerce. Por mucha razón que le asista, con su gesto la pierde por completo. Los asesinos de Atocha creían que lo correcto era no darla.

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