Castigo voluntario

Sufriendo la investidura

Cuando se habla de que la ciudadanía, esta vez, va a ejercer el voto de castigo, me viene a la cabeza la imagen de una de esas salas de sado-maso donde una señorita trajeada en negros relucientes aplica a los usuarios los métodos indagadores del Directorium Inquisitorum, escrito por fray Nicolás Eymeric; dicho todo ello con la mayor de las imprecisiones, pues la fortuna quiso que hasta ahora haya librado de caer en manos de la Suprema para ser indagado, y de manos de la domina para ser flagelado, apresado de férulas o sometido a sondajes vesicales.

Cada uno de los que así anuncian la intención de su voto sabrá la dirección y las consecuencias que pretende obtener, pero si nos ceñimos al estricto significado de la expresión, podríamos pensar que lo más parecido a un voto de castigo por vía flagelante es lo que le pasó a Susana Díaz en Andalucía, donde la mujer sigue sufriendo los latigazos de la indiferencia de sus dominas, bien porque le gusta y ella sola se ató, bien porque no sabía dónde se estaba metiendo, que es lo más probable.

El voto de castigo es como la huelga a la japonesa. Cuando crees que vas a hacer mucho daño, te lo haces a ti mismo. Y como las encuestas dicen que va a haber mucho de eso el próximo domingo, conviene estar preparados para aguantar el dolor. Después llega la domina, comienza a zurrar de lo lindo y no vale decir que pare, que en realidad nosotros íbamos a lo que todos, a un masaje relajante.

Doña Susana espera a que la tortura acabe pronto, a que empiece el baile y a que le digan con quién hacer pareja, pues tiene los huesos desencajados, el fémur tiene muy dislocado; tiene el cuerpo muy mal, pero una gran vida social.

Ya lo ha dicho ayer ella misma. Eso del voto de castigo está muy bien, pero ocurre como en el sado-maso, que al final hay que pagar los servicios.

Comenta