Galicia deshabitada

Juan Ramón

Antes, cuando paseabas por el campo, te llamaban la atención y se lo hacías notar a quien te acompañase con un codazo. “Mira, una casa deshabitada”. Era una invitación al misterio y a preguntarte qué habría pasado entre aquellas paredes antes de llegar al abandono. Ya no digamos si podías entrar y recorrerla porque la ruina había dejado algún acceso expedito. La visita era una sugerencia a la imaginación por lo singular del caso, un guiño a la fabulación literaria.

Hoy se siguen dando codazos a los compañeros de caminata, pero el sentido de la llamada de atención ha cambiado radicalmente: “Mira, una casa habitada”. Aunque no es fácil, si uno persevera en sus paseos, se puede tropezar con ese extraño fenómeno, una casa con flores en los balcones, un perro y dos gatos en los alrededores, gallinas en el corral y ropa tendida a secar.

Incluso, si la suerte está de nuestro lado, es posible ver a alguien tras la ventana, y por ser exagerados, en ocasiones extraordinarias, nuestra vista puede entusiasmarse con escenas fantasmales, como por ejemplo, la imagen de una o dos personas que trabajan la tierra, podan o estercolan. O sin ir tan lejos, con gente que charla sentada en las inmediaciones.

El reto a la imaginación se mantiene. ¿Qué historia habrá detrás de esos seres? ¿Qué misterio se oculta detrás de las casas habitadas?

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En estos días de asueto columnístico dedicados a pisar Galicia y otros menesteres, la profesión ha registrado bajas importantes; también de amigos y familiares.

De las primeras, por cercana y por sentida, quedaba sin constancia escrita la de Juan Ramón. Él también fue compañero de caminatas que aliviaron mesas bien surtidas. Con él, los dos Lois, Paco, Fausto o Xosé Ramón, siempre hubo Galicia por recorrer. Y fue un placer hacerlo.

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