Terror en las bancadas

La Demencia, esta vez de verdad

El deporte y la política nunca han hecho buenas migas. Y siguen en esa línea, como no puede ser de otra forma. Ocurre sin embargo, que siendo el primero tan goloso para la segunda, nunca falta el listillo que trata de aprovecharlo y llevarse el ascua a su sardina.

Puede ser un gobernante, un directivo, el club entero, un jugador, los ultrasur o la masa informe de los fieles aficionados. Cada ocasión tiene su sujeto y cada sujeto elige su ocasión. El caso es sacar tajada o intentarlo. Pero en todas ellas, sin excepción, quien ha salido perjudicado es el deporte, el club o los aficionados.

Hemos vivido boicots a olimpiadas, o censuras a ciertos países para evitar su presencia; partidos de selecciones nacionales que son pura propaganda, apoyos gubernativos a clubs, puños en alto de los Panteras, banderas, racismo, nazis sueltos, peleas y navajazos; presidentes pidiendo el voto y jugadores muy alterados haciendo proselitismo. Ahora toca escuchar a aficionados con la boca descosida deseando a sus contrarios que gane tal partido porque así los va a fusilar.

Es broma, dirá el gracioso, el mentecato que lo haya inventado. O no, quizá se reafirme en su deseo y llegado el caso, sea el primero en la lista de invitados a la tapia del cementerio donde se celebre la ejecución. En cualquiera de los dos casos el resultado es el mismo, hay fauna en todos los lados y quien conserve el mínimo de los dos dedos de frente exigidos debe salir por peteneras, corriendo hacia el lugar contrario de donde tengan a gala gritar burradas de tan alta corrupción.

Se corrompe el deporte, la vida y la convivencia, y aún dirán que es gracioso, que le motiva el humor. De querer darle cierta altura intelectual al exabrupto, lo más a mano que nos queda es encuadrarlo en algún género negro de la literatura de terror. Y para eso, siendo muy benevolentes.

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