Andreas y Juan

Carrera hacia la muerte

Alguien nos ha convencido de que somos perfectos y omnipotentes, que tenemos derecho a todo y que nada ni nadie se va a cruzar en nuestro triunfal paseo por la vida, que ya no es tal, sino una elegante alfombra roja por donde pisamos entre la admiración de todos los demás.

Por eso, cuando asoma la tragedia en cualquiera de sus formas para demostrarnos que no es así, se desatan reacciones disparatadas bajo el principio harto dudoso de nuestro parentesco con la perfección.

El síndrome llega a ser tan acusado que si caen cuatro copos y no vemos la pala delante, el grito llega hasta el cielo: ¡Dios mío, qué país! A la arruga se le pone botox y siempre hay a mano bifidus activos para el tránsito intestinal.

Ahora nos ocupa un tipo enajenado, un novio despechado, un perfeccionista al que nada en la vida le podía contrariar y que no aguanta su crisis existencial. Se le ha ido la olla por completo y se ha llevado por delante un pasaje entero, ciento cincuenta asesinatos irreparables.

Nada de low cost, ni de fallo mecánico. Fallo neuronal y quizá también, fallo social. ¿Se puede añadir fallo empresarial? Sin duda lo hubo. El avión partió llevando con él un artefacto tan destructivo como una bomba o más, llamado Andreas Lubitz. Si además de fallo, hubo negligencia será trabajo que ahora aborden los tribunales. No lo parece, salvo que se condene a las compañías por no entrar todos los días en los cerebros de sus pilotos.

Decía Iberia hace unos años: El avión, el único que recibe más atenciones que usted. No era mal eslogan. Pero daba por descontado que una baja médica no había que romperla en pedacitos, sino cumplirla.

Por todo ello, la entereza que demuestra Juan Pardo Yáñez, el lucense triplemente afectado por la tragedia, es digna de absoluto reconocimiento.

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