Caciquismo democrático

Sabalete recibe clases de democracia. (Si se fijan, desde el lugar en que mira, es imposible ver la pantalla)

Habrá ocurrido mil veces antes y volverá a pasar después, pero se puede asegurar sin miedo al error que a partir del caso Sabalete se habrán evitado cientos de repeticiones. Uno, que es optimista.

El caso de Irene Sabalete corresponde a la campaña de las autonómicas andaluzas de 2012, pero se ha conocido ahora, precisamente el día en que es detenida por otros cargos que abonan la suma fragilidad democrática de la mujer, del consejero que la manda y del presidente que la anima.

Quizá no la hayan escuchado todavía, pero su parlamento es muy sencillo y se puede contar como una película. Chica conoce a trabajadores bajo su mando político. Se convocan elecciones y chica dice a trabajadores que dejen de trabajar, que salgan a la calle para afanarse en el curro propagandístico como auténticos Testigos de Jehová. Esto es, puerta a puerta y sin desmayo.

La razón es muy simple, pues argumenta la chica que si pierden las elecciones _ el verbo pierden usado como plural mayestático y colectivo _, quienes vengan los mandarán de inmediato a destripar terrones.

El error fue no haberles confiscado los teléfonos, pues es bien sabido que hoy los enciendes con disimulo y guardan todo cuanto dices. Y eso sucedió, de forma y manera que las palabras de Sabalete quedaron allí in aeternum, dispuestas a ser lanzadas como torpedo fatal cuando al dueño le pluguiese. Y le plugo hacerlo ahora, con Irene detenida y Susana vencedora. Tres años de espera.

El caciquismo tiene razones que la razón no entiende. Después de mucho llorar porque eso es lo que había _ el cunero, el favor, la recomendación, el enchufe y la pata del cerdito _, los Sabaletes han descubierto que es genial ser un cacique.

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