Macro y Micro

Tampoco hace falta ser Smith para decirlo

Uno de los argumentos que se esgrimen con mayor soltura en debates y similares es el de la macroeconomía, dicho así en corto.

Lo habrán oído mil veces, pronunciado con aire repollo: “Una cosa es la macro y otra la micro”. Uf. Qué descubrimiento. Descansa y tómate lo que quieras. A poder ser, algo que tenga fósforo.

Es de uso corriente entre la oposición, pues creen quienes lo utilizan que de esa forma desbaratan cualquier atisbo de euforia que el gobernante de turno exhiba a favor de la recuperación económica, haciéndole saber que no basta aumentar las exportaciones y bajar la prima de riesgo por debajo de los cien, sino que también tiene que entrar dinero en casa de los Zutánez.

Lógico y natural. Hay sociedades africanas con altos índices de hambruna cuyos presidentes, reyes o jefezuelos disfrutan de jacuzzis con grifería de oro, e incluso que no presentan malas cifras en la balanza de pagos. Ese ejemplo y otros similares no impiden que un gobernante pueda presumir de mejorar su macro.

Si volvemos el argumento a la inversa veríamos que en épocas de inefable recuerdo, mientras la microeconomía de los españoles se mantenía en unos niveles de vacas obesas, la macroeconomía amenazaba con despeñarse hasta terrenos de Cioran en las cimas de la desesperación.

Habría sido cosa de decirle al gobernante: Los españoles tenemos una microecnomía muy boyante, pero nos vamos a llevar un tortazo impresionante.

Porque hora es de afirmarlo. Sí, señores, la macro y la micro están relacionadas, y salvo en casos donde los jacuzzis de oro interrumpen el flujo entre ambas, los buenos datos de la primera son excelentes augurios para la segunda.

Y si no es así, que baje Adam Smith a explicarlo.

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