El holocausto servido

Línea directa con los campos de exterminio

Hitler tuvo la precaución, la vergüenza o la simple estrategia de mantener ocultos los hornos crematorios donde cocinaba la solución final, el exterminio de judíos, gitanos, enfermos, tullidos y homosexuales. Stalin tampoco presumía del genocidio ucraniano, aunque sí llegó a calificarlo de mal necesario.

Así se asistió a la desaparición de ambos personajes sin que muchos alemanes o rusos supiesen lo que ocurría a unos kilómetros de sus casas.

Las muestras del genocidio racista, ideológico y religioso que ejecutan los bandoleros que dicen llamarse estado islámico, como los asesinatos de ETA o los de la Mafia, incluyen, a diferencia de los campos de exterminio, el notorio afán de publicidad.

Ningún periodista podrá presumir de haberse hecho con las imágenes de las atrocidades, porque sus autores nos las sirven con gran lujo de medios técnicos y calidad broadcast; cabezas calientes, grúas y fundidos. Es más, somos los receptores de esos macabros mensajes quienes los censuramos para que no los vean los niños, o para no verlos nosotros mismos, no vaya a ser que adquiramos una conciencia desmedida del espanto.

El caso es que el día de mañana nadie podrá decir, como se hizo con los nazis, que yo no sabía nada, que parecían buenos chicos, quizás algo exaltados, buenos vecinos, buenos esposos, el espejo en quien mirarnos, el futuro que queremos, el non plus ultra de la cultura, la Biblia en verso del feminismo, la igualdad y la elegancia.

No lo vamos a poder decir porque ya sabemos ahora que no es así. Y cuando llega la hora de demostrarlo, nos la cogemos con papelillos de fumar y el voto parlamentario se desparrama. Somos más demócratas que donde la hacen y podrán ponernos en el epitafio: Murió sabiendo que lo mataban, a él y a todos los de su banda.

Comenta