Insistencia

Éstos no tienen pacto y directamente se pegan

Si cualquier otro gremio se despellejase como hacen a diario los políticos, tendríamos las calles llenas de sangre.

Imagínense a un médico hablando en público de un colega:

_Es un mentiroso, no atina ni un diagnóstico, no sabe por dónde cae el duodeno, sutura como las focas y cada vez que se mete en quirófano, sale con el órgano bueno en las manos.

Sería insoportable, no solo para ellos, que morirían por falta de apetito o del cólera morbo provocado por los ánimos de venganza, sino también para sus pacientes, que vivirían en una constante zozobra creyéndose en manos de auténticos carniceros, torpes y sin la menor idea de cómo funcionan las vísceras, los aparatos y los sistemas.

Bueno, pues en la política española sucede eso día tras día, y después los vemos tan contentos yéndose del brazo a tomar boquerones en Edelweiss y un codillo con sauerkraut, vulgo chucrut. Dicen que eso es respeto y democracia. No lo creo.

La clave tiene que estar en otra parte, porque por mucho respeto y mucha democracia en vena con la que salgas de casa, no hay cristiano que aguante oír de tus colegas todos los días de la vida una difamación tras otra. Y damos por supuesto que son difamaciones, porque no hay horas en el día para cometer tantas cafradas como las que se dicen unos a otros.

La clave está en un pacto que tienen para engañarnos a todos. Para que creamos que esa forma de vituperarse es hacer política, que quien vocifera está lleno de razón, que el “y tú más” disimula cualquier ineficacia, que la falta de colaboración nos beneficia en algo, y que la política en suma, es así, como el fútbol, que también es así, porque nada sabe de lo que sucede quien lo dice.

Lo malo es que estamos empezando a creerles.

2 Comentarios a “Insistencia”

  1. Bartolo

    Admirable su sentido del humor, pero…disiento y me explico, en asunto de “cafradas” la realidad supera a la ficción, para que nos vamos a engañar.
    Y por lo que yo sé, entre la otra clase profesional que usted menciona, -no digamos ya entre colegas del periodismo-, pues bien, como en cualquier colectivo, -”casta” que dicen los modernos- en este caso, los tribunales, celos profesionales, cargos, carguitos, y ascensos, las puñaladas traperas se quedan en casa debido al corporativismo, pero haberlas haylas, al fin y al cabo como dice Aureliano, “el mayor problema de España, lo vengo diciendo hace mucho tiempo, somos los españoles”. Esta última afirmación les viene de perilla a nuestros dirigentes.

  2. MIRANDA

    Decía el chisporroteante Jardiel Poncela que los políticos son como los cines de barrio, que primero te hacen entrar y luego te cambia el programa,
    mientras el inolvidable Groucho Marx sostenía que la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados.

    En efecto, boss, cualquier desavisado se sorprendería de verlos despellejarse y vituperarse por la mañana….para luego marchar juntos del bracero, campechanos como borbones, a tomarse unos percebes o unos langostinos con un buen vino, en amor y compañía.

    Teatro, meu, lo suyo es puro teatro, falsedad bien ensayada, estudiado simulacro, tal y como cantaba la Lupe, seguramente pensando en ellos.

    Los ciudadanos somos meros espectadores de la representación. Se supone que hemos de estar ahí mirando/votando, para justificar la función /elección, pero el hecho es que no pinchamos ni cortamos en cuanto se cuece en la escena política, y al acabar, nos vamos como si aquello no fuera con nosotros, ajenos a personajes para los que somos igualmente ajenos, y a los que nada importan nuestros sinsabores, aprietos y dramas.

    La política es puro teatro, meu. Mientras los espectadores ocupamos nuestras butacas, los actores recitaron los papeles aprendidos, compusieron sus gestos, se enfrentaron, se insultaron, vociferaron, se abrazaron, se traicionaron y calumniaron, se comprometieron en vano incluso sabiendo que eran imposibles… pero cuando cayó el telón, fuéronse y no hubo nada.
    Y otra vez a empezar, en la rueda que fija el calendario político.

    Ellos saben cual es el rôle que les corresponde en la representación para crear la ilusión de que esto es una democracia real, para llegar al pueblo, convencerlo y engañar su esperanza de que algo puede cambiar esta vez. Cada vez, o sea. Pero los espectadores ni siquiera se molestan en echar un vistazo al programa de mano, porque saben que allí nada es lo que parece, ni los actores tienen intención de cumplir otros compromisos que el simple despliegue escénico.

    Lo malo es que los actores acaban por creerse su papel de estadistas y padres de la patria e intentan eternizarse en escena reclamando aplausos y privilegios en cadena. Mientras los espectadores, aburridos y amargados, empiezan a abuchear y a reclamar que salga cualquier matao, el que sea, pero que cambie el discurso y mueva el aire rancio de la sala.

    Parece que en la próxima representación participarán los electricistas, el contable, la taquillera y los del servicio de limpieza. Sin duda la función sonará distinta, fresca y nueva….y con eso el público se da por contento, aunque acabeN mendigando con su prole a la puerta del teatro.

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