Distorsiones

Ridley Scott distorsionando a Sigourney Weaver

En los cines de Marruecos no se puede exhibir Exodus. Al menos, en algunos. Dicen que cuenta una historia distorsionada, que es el moderno eufemismo para decir censura sin que lo parezca.

No he visto Exodus, pero sé que va de Moisés y Ramsés, es decir, una historia de hace treinta y tres siglos que antes se contó con el evocador título de Los Diez Mandamientos, guión basado a su vez en varias novelas, como por ejemplo, Príncipe de Egipto, de Dorothy Clarke Wilson, y otras dos, por lo menos. En este caso, los créditos no reconocen ninguna influencia previa, salvo la de las Sagradas Escrituras, se supone.

Ambas historias son fruto de un equipo de guionistas que trabajan en claves narrativas de literatura y cine. Si se cuenta con la asesoría de algún historiador suele ser para no hacerles demasiado caso, porque lo único que consiguen es chafar el guión. Después viene el productor, el director, los actores y los imponderables. Hablar de historia distorsionada en casos como Exodus es un chiste, y si en Marruecos lo reconocen como tal, nos reímos todos juntos.

La historia, todas las historias, nacen distorsionadas y no hace falta que pasen sobre ellas treinta y tres siglos para que cada uno la altere como le venga en gana.

Al lado de las razones expuestas por los cines marroquíes para tirar Exodus al cubo de la basura, leíamos la interpretación que Artur Mas hacía del discurso del Rey, pronunciado apenas doce horas antes. Cualquier lector desapasionado podría decir sin miedo al error que Mas distorsionaba la historia. Había leído un discurso distinto y sus conclusiones también lo eran. Eso, o el Rey grabó dos versiones. Una para Mas, y otra para el resto.

Hacen mal los cines marroquíes prohibiendo la película. Se van a quedar sin nada que estrenar.

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