Godot, Godard, Goethe

Recolector de naranjas de la China

Aquí estamos; esperando a Godot, esperando el parto de los montes, el choque de trenes, la conjunción planetaria, el no va más de la democracia, la desobediencia civil y la hoguera de las vanidades. Esperando a que Mas marque el ritmo y se produzca la primera reacción en cadena y en condena del gobierno a su proyecto sobrevenido cuando nos hemos dado cuenta de que somos independientes.

Es cierto que, mientras dura, el debate secesionista tapa todos los demás y el político que lo blande tiene en sus manos un arma muy poderosa porque crea un enemigo exterior hacia el cual se encauzan las inquinas y las responsabilidades, mientras uno se reserva en exclusiva para recibir palmaditas de ánimo en la espalda y condolencias victimistas, como muy bien analizó Jean-Marie Domenach al tratar sobre la propaganda política y las ventajas de que un líder se invente un enemigo al que poder achacarle los defectos propios.

El problema sobreviene donde decía Godart, es decir, al final de la escapada, porque cuando la argucia toca a su fin, la maquinaria comienza a chirriar. Los bancos, que son indicadores sensibles a cualquier pirueta, tanto más si se realiza sin red, dejan ver, con disimulo, que pueden trasladarse con carros y carteras a donde más favorables sean los vientos, como diciendo sin decirlo, que allí no lo son.

Mas ha prometido que esta semana desencadena la reacción y Rajoy se ha ido a China porque no había otro país más alejado desde donde decirle que le importa un pito y que para la consulta le va a traer unas naranjas del país. Fantástica alegoría. De no ser trágico, sería divertido.

Decía Goethe que todo aquel que aspira al poder ya ha vendido su alma al diablo. Quizá sea eso lo que está pasando.

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