La alternativa difusa

El entusiasmo solo viene del chavismo

La dicotomía república versus monarquía está bien para ejercicios teóricos y gaseosas experimentales, pero en la práctica es necesario pedir mayor concreción.

El factor monárquico parece claro. Estamos hablando del caso español, una monarquía parlamentaria con casi cuarenta años de experiencia, una carta magna levantada gracias al consenso y un desarrollo con defectos y virtudes que ninguna forma de Estado, salvo una férrea dictadura, iba a solucionar de cuajo, porque son los defectos y las virtudes de un pueblo con dificultades para asimilar el valor de la causa común debido a los zarandeos a los que fue sometido.

El factor republicano es más confuso. La única nota común parece ser la aversión a la realeza, pero a partir de ahí se abre una abanico de posibilidades que nadie está dispuesto a unificar haciendo dejación de sus propios modelos de república.

Si a ello añadimos el resultado de la última votación en el Congreso sobre la abdicación, deberíamos admitir que el debate, aunque existe, es hoy por hoy de mucho menor calado del que pretenden quienes lo agitan y pancartean en uso legítimo de sus derechos, siempre que no lo conviertan en un problema de orden público.

El mayor inconveniente que deben salvar quienes luchan por mantener viva la diatriba, además de ofrecer una alternativa común, clara y atractiva con la que ganar partidarios por mostrar las ventajas del nuevo cambio de Estado, radica en apagar los entusiasmos que provoca entre los dirigentes de un país lanzado a la ruina económica como es Venezuela.

Si Francia, Alemania o los EEUU _ repúblicas dignas de ser imitadas _, se alegran menos que los chavistas de nuestra pirueta, es señal de que algo falla en el mensaje.

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