Magos y vagos

El Mago Antón, en pleno escapismo

Hay dos tipos de escapistas. Los que son hábiles en liberarse de cadenas con apariencia imposible, tipo Houdini, o nuestro cercano Mago Antón, y los que se las ingenian para huir de la realidad y no enfrentarse nunca a ella. Así define a ambos el diccionario.

Los primeros nos hacen disfrutan con su afición al riesgo; como los héroes de ficción, que siempre saben salir airosos aunque les rodee una legión romana en formación de tortuga. Pero los segundos, si unen a esa característica el ámbito político, se convierten en plaga bíblica, o rémora costosa, que el resto de la sociedad sufraga, convencida de que siempre van a tener en la boca la excusa perfecta para no arrimar el hombro, bien porque creen que todo está mal y consideran que su misión es armar bulla, bien porque siempre les gusta lo que no existe, bien porque no son de aquí, sino de otro sitio que se imaginan.

En España abundan estos escapistas fuera de los circos. Cuando aparecen en el ámbito laboral, se dice de ellos que se escaquean y hasta tienen el santo morro de reírse de quienes se ven obligados a realizar el trabajo que dejan pendiente. En las pandillas se les llama gorrones, porque tienen una habilidad especial para ser los últimos en encontrar el monedero, y en política, ya decimos, siempre están a cualquier otra cosa que no sea tirar del carro.

De haber sido mayoría, no se habría construido la primera casa, porque siempre habría un mejor sitio donde levantarla, un mejor material con qué asentarla o una mejor orientación que darle. Así que de las pirámides, ni hablemos.

La pregunta que se plantea es averiguar si el escapista nace o se hace. A la espera de que los sociólogos ofrezcan mejor respuesta, apostamos por asegurar que a los escapistas se les subvenciona. Al menos aquí.

3 Comentarios a “Magos y vagos”

  1. MIRANDA

    El titular sobre el escaqueo debería rezar: “Magos, vagos, políticos y sindicalistas”

    Entre los magos, el más grande de los nuestros, el mago Antón, al que hemos visto evolucionar desde que era un rapaz hasta convertirse en maestro y promotor de la magia gallega. Un mago majo, sin competencia posible.

    Luego están los vagos que se escaquean ya desde la escuela -donde copian y piratean el sudor de la frente ajena- hasta su vida familiar y laboral si la hubieren, en que si rascan bola, son las suyas, de manera que son los demás
    los que tienen que sacarles las castañas del fuego todo el tiempo, mientras ellos hacen que hacen, entre la indolencia, el absentismo y el morro queselopisan.
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    Hay dos variantes del vago crónico que conocemos como sindicalista y político respectivamente. Presentan dos serios agravantes . Uno, que son sostenidos y sponsoreados por los demás ciudadanos, no por una empresa ni por el Fondo Monetario Internacional. Dos, que no tienen los pies en el suelo ni viven en el mundo real, sino en sus utopías y fantasías de mente acalorada.

    El primer espécimen, el sindicalista, suma a las características del vago la querencia por la bullanga y la escandalera para protestar por cualquier cosa y por todas ellas, siempre en grupo, para que se note que está ahí y justificar el sueldo-ganga y otras prebendas tipo viajes, comidas, etc. Si los vacilan, pueden llegar a la violencia explícita y el piquete “informativo” que te informa de que te ha destrozado la tienda o el camión.

    El segundo espécimen, el político, aporta al perfil del vago una pomposidad natural que roza el ridículo, considerando su calidad intelectual y su experiencia en cualquier cosa, con querencia a la parafernalia y verborragia vacua que a duras penas disimula su falta de elocuencia, obsesionado por medrar y hacer carrera como sea, proclive a la chulería y al “usted no sabe con quien está hablando” y con una clara división del mundo en dos hemisferios: él mio, el de los nuestros, y el otro, el de los h.d.p. adversarios.

    Curiosamente la democracia ha engendrado esta casta de trincones y sobrecogedores desvergonzados cuando en tiempo de dictadura, los hombres públicos trabajaban por la comunidad casi por puro altruismo.
    Qué cosas, Boss!

  2. SEito

    Lo de la para-bola del Hijo Pródigo tiqne la culpa y está en lanraíz del asunto .

  3. renpsi

    Excelente tema. Muy de actualidad. Más de lo que suponemos. Vagos hay, y ha habido, en todas partes, pero ¿por qué ahora son legión en España? No tiran del carro porque están subidos a él. Y nuestro carro tiene un aspecto desolador, no cabe uno más, y pesa tanto. Como es lógico, nuestros vagos se quejan de las estrecheces, están incómodos, quieren un carro más grande, más rápido, mejor equipado, y en el que quepamos todos. Qué solidarios son. Y cuando nos quedemos ahí, parados, todos subidos en el carro, en medio de la nada y con cara de imbéciles, nos preguntaremos por qué no vienen (¿los alemanes?) a tirar. Eso sí, mientras esperamos nos dedicaremos a despotricar contra la Merkel y los mercados.
    Los españoles nos hemos convertido en un patético pueblo débil y llorón. Y no, no nacimos así, nos hicieron. Un sistema educativo que premia la mediocridad y la falta de esfuerzo (obra de Rubalcaba) y una estructura social sin valores, principios ni autoridad, han moldeado con el tiempo una sociedad infantilizada y feminizada. Ya no hay nada fuerte, fiable, generoso ni honrado. No existe el valor ni el honor. Todo es ruin, débil, pequeño, innoble y terriblemente miserable. Ya nada brilla, nada nos emociona. Sé que nunca más sentiré correr por mis venas el orgullo de ser español. Menos mal que ya me he acostumbrado al sentimiento de vergüenza ajena.

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