Qué reformar

A buen entendedor, pocas palabras bastan

Cuando Rajoy sugiere a los catalanes “iniciar los trámites para la reforma de la Constitución”, o cuando Zapatero aconseja que sea Rajoy quien dé pasos en esa misma dirección, uno puede pensar que los dos caballeros están pensando en algo parecido, en una Constitución similar a los mensajes que el gobierno norteamericano dirigía a la Impossible Mission Force para encargarle trabajos de los que se desentendía: Esta Constitución se autodestruirá en cinco segundos… cuatro… tres…

Solo así se comprende que una reforma constitucional dé soluciones a las exigencias soberanistas. Crear una Carta Magna que ampare la disolución que lo que cualquier Carta Magna debe preservar, la unidad política de un territorio; o sea, We the people… Nosotros, el pueblo.

Porque si la reforma permite que cualquier fracción del pueblo español _ una autonomía, un ayuntamiento, una junta de vecinos, una charcutería _, decida por si sola permanecer o no dentro del Estado, la autodestrucción del mismo será cosa de semanas. Lo que tarden en comprar las urnas.

Si se lo permite solo a los catalanes por ser de una pasta especial, el levantamiento general de patas de atrás por parte del resto de administrados está garantizado.

Y si mantiene que “la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”, eso ya se encuentra en la actual, de modo que no habría reforma.

Pintado este panorama con los trazos gruesos de quien solo escucha lo que los hombres de Estado pronuncian, la conclusión a la que se llega es reclamarle al próximo individuo que aluda a la reforma la añadidura de datos que nos permitan intuir hacia qué lado se pretende reformar, porque será la única forma de saber si estamos de acuerdo o no.

3 Comentarios a “Qué reformar”

  1. Aureliano Buendía

    La Constitución de 1978 es manifiestamente mejorable. Como todas.

    Pero es la única, en la triste historia de la “realidad discutida y discutible” antes llamada España, que ha permitido la convivencia pacífica (ETA aparte) durante los últimos 36 años. En nuestra pobre nación (¿no será un atrevimiento, esto de llamar “nación” a España), ha habido períodos más largos de paz, pero sin democracia, por imperfecta que ésta sea.

    Por ello, antes de afrontar cualquier reforma constitucional, debemos tentarnos la ropa, no vayamos a salir del empeño con una Constitución peor o, lo que sería más grave, sin Constitución.

    La reforma constitucional, por otra parte, si se hace con arreglo a las disposiciones de la propia Norma Suprema (esperemos que nadie esté pensando en hacerla por la “vía Maidan”), es dificultosa, y requiere de amplias mayorías parlamentarias, amén de ratificación por referéndum.

    Un acuerdo de mínimos entre PP y PSOE, un consenso de base para redactar una nueva Constitución, no parece hoy muy posible.

    Por tanto, será mejor dejarlo estar. Aunque el riesgo y, a lo mejor, el precio, sea la secesión catalana

  2. MIRANDA

    !!Virgencita, mejor quedarnos como estamos!!…., piensan los españoles del común cuando les hablan de “reformar” la doctrina constitucional, que al igual que el catecismo del P. Astete, hay que recitar literalmente, porque si se cambia una palabra se puede cometer un sacrilegio o quebrantar la Ley, respectivamente.

    Por una vez, Gobierno y Oposición al alimón convinieron que no puede haber consulta en Cataluña dentro de la legalidad porque el Estado no puede ceder una competencia que no tiene.

    Los tres emisarios que envió Arturet a recoger las calabazas, a las que el no quiso exponer su vera efigie, reclamaron en vano la autorización para celebrar el referéndum secesionista, aunque con matices en su exposición que iban desde la exigencia a la brava y la constatación del “camino sin retorno” al mero(?) sondeo de la voluntad popular.

    299 votos en contra de la consulta catalanista frente a 47 a favor+ 1 abstención, dejó en evidencia que no es posible, que no hay democracia sin Ley y que el Estado no puede abdicar de sus competencias, especialmente cuando la consulta pretende acabar con la unidad de España, en contra del espíritu de la Carta Magna, por cierto refrendada por el 90,4% de los catalanes.

    Casi a diario convenimos en que hay retoques que hacer a la Constitución vgr. relativos a la Ley Electoral que querríamos con listas abiertas, la independencia de los poderes, las elecciones para el Parlamento, la reforma del Senado, etc, pero como ver unas tijeras en manos de un niño insensato, así nos acometen temblores de imaginar tantos intereses encontrados manillando para arrimar el ascua constitucional a la sardina de cada cual, lo que puede llevar -como bien señalas- a la fractura de la unidad y la casa de tócame-roque.

    El victimismo catalán insiste en sus teimas falsarias, porque tan irreal como la Historia que se han inventado, es que los españoles los persigan y pretendan asfixiar su cultura, su lengua, su economía o su bienestar, a los que han contribuido tantos y tantos españoles.

    Por el contrario es obvio el intento de los catalanes de obtener privilegios en detrimento del resto de España, el exterminio de la lengua española, las campañas contra los productos españoles y toda esa prepotencia que, sin embargo, no nos mueve a la patada en el culo y la peineta, como sería lógico, sino al de deseo de seguir juntos haciendo país.

    En todos los demás Estados civilizados se han producido reformas incruentas, tras acuerdo mayoritario entre partidos En países como Suiza, los referéndums y pulsos de opinión son algo habitual…Pero con estos políticos nuestros, más atentos a sus intereses que a los de los ciudadanos, dispuestos a justificar o a decapitar solo en función de la ideología, decididos a no perder un ápice de sus privilegios, nos sobrecoge imaginarlos con las manos impuras metidas en el catecismo de la democracia.

  3. MIRANDA

    Por cierto, enamora constatar el entusiasmo secesionista de los charnegos, acomplejados por su sangre impura española, apoyando a los que llaman vagos y ladrones a sus padres y abuelos. Patético.

    Y conmueve la devoción secesionista de la burocracia autonómica, profesores, policías, periodistas, jueces, sindicalistas, “embajadores”, palmeros entusiastas del pesebre que los alimenta. Madia leva.

    “El camino sin retorno” que según el cleptócrata Pujol ha emprendido Cataluña, después de siglos de saqueo de España, debería producir un efecto fulminante en Gobierno y oposición, para ver el problema catalán con sus propios colores

    Después de tantos desdenes, que terminaban siempre estirando la mano y recogiendo dinero o ampliando atribuciones y competencias, después de tanta pamema, tanta componenda, tanto susurrar catalán en la intimidad, tanta sonrisa mofletera zapatera, tanto costear hasta las manifas antiespañolistas, tanta visita principesca y tanto Durán Lleida haciendo de poli bueno, los de la pela se han quitado la careta y pretenden dar una patada a la mesa del trile.

    Ha llegado pues el momento de que el Ejecutivo Rajoy y todos los grandes partidos españoles hagan piña contra el golpismo separatista y se dejen de jeremiadas.
    No más victimismo, no más sentimentalismo ñoño, no más trucos federalistas y premios de consolación, porque no es que los catalanistas quieran cambiar la Constitución, sino que no quieren la Constitución, ni a España.

    Poconziguiente, defiendan nuestros representantes nuestros intereses que estamos hartos de ejercer de “paganos”.

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