Archivo de Enero, 2016

La primera víctima

Lunes, 11 de Enero, 2016

Esquela de Inocente

Los historiadores del fútbol citan la muerte del jugador del Sevilla Pedro Berruezo como la primera que se produce en un campo español. Ocurre el 7 de enero de 1973 en el Pasarón de Pontevedra.

Sin embargo, 45 años antes en Lugo se registra una desgracia pionera de la que nadie se acuerda, ni siquiera en la ciudad. Era el 20 de junio de 1928 y en el campo del Polvorín _ stadium, le llaman los más rumbosos _, se disputa un amistoso entre el equipo Adelanto y una selección de Lugo. Mitad entrenamiento, mitad entretenimiento.

De repente se desencadena la tragedia. Uno de los porteros recibe un fuerte balonazo y en su afán por disputarle la posesión, un delantero rival confunde el cuero con la cabeza del muchacho y la golpea en su chut.

El arquero se desploma conmocionado, el partido se interrumpe y al ver que no reacciona, lo conducen a la consulta del médico más cercano, la de Ricardo López Pardo en la plazuela de A Nova, o de Ángel Fernández Gómez. El doctor advierte la gravedad del caso y ordena su traslado al hospital, donde lo atiende José Lomas.

La lesión es gravísima. Se interviene en la medida de lo posible y se logra estabilizarlo para que quede encamado en la Sala San Antonio. Sin embargo las perspectivas son fatales y en efecto, a las cuatro de la tarde del día siguiente fallece.

Se trata de Inocente García-Blanes Ferreiro, un mecánico de 20 años, cuya madre, Juana Ferreiro Neira, ya es viuda y vive en la Plazuela del Colegio, al lado del Círculo. La autopsia encuentra en Inocente la comprensión del bulbo por hemorragia cerebral y rotura de la vesícula biliar.

El entierro es multitudinario y al lado de la familia figuran los directivos y jugadores del Lugo Sporting Club, porque Inocente era querido y apreciado por todos.

El trigémino de Gertrudis

Domingo, 10 de Enero, 2016

La firma de Castro Gil en el lema de Valle

Desde el año 1917, Gertrudis Gil, viuda del archivero Castro y madre del grabador Manuel Castro Gil, vive sumida en una parálisis generalizada que le afecta todo el cuerpo excepto los brazos. En esas condiciones consume su existencia dentro del domicilio familiar del número 23 en la calle Rodríguez de Viguri, donde vive con sus otros hijos Fernando, Luis, Pilar y Maruja.

Estamos en 1929 y toda España comenta con asombro las milagrosas curaciones que consigue el doctor donostiarra Fernando Asuero con tan solo manipular el nervio trigémino dentro de la nariz.

Algún miembro de la familia, quizás Manuel, que es el más viajado, piensa que aplicar en doña Gertrudis los métodos del popular médico solo puede proporcionarles beneficios, porque la parálisis ya la tienen garantizada.

Convencen a la mujer, contactan con Asuero y ponen en manos de un asuerista el trigémino de la autora de sus días para que se lo cauterice. El efecto es asombroso. Doña Gertrudis recupera la movilidad de los miembros antes inútiles y aunque no está para bailar can-can, tiene a sus sesenta años otras perspectivas de vida por delante.

Asuero ha vuelto a contradecir el negativismo de Marañón y a confirmar el posibilismo de Amalio Gimeno, representantes de las dos corrientes médicas desde las que se analiza el fenómeno.

Julio Ramos, redactor de El Progreso, es amigo de Fernando Castro Gil y el aguafortista es el héroe local por excelencia en las páginas del periódico, donde abundan los elogios. Con ese pasaporte, Ramos visita a la operada y transmite a los lucenses su asombro. Faltan por dar “varios toques”, pero el periodista la ve levantarse de su cama y recorrer la habitación sin otra ayuda que la fuerza motriz de sus piernas. El cronista se esfuerza en plasmar lo imposible. No es que los otros lo digan, es que yo mismo lo vi.

Bonifacio de Monforte

Sábado, 9 de Enero, 2016

San Lázaro (del blog de José Reboiro)

Aunque en otras tierras se estilen las mismas o parecidas creencias, la fama de Galicia como patria de magias y meigas se arrastra desde san Martiño de Dumio, de modo que lo más sencillo es achacárselo a Prisciliano.

Eso piensan todos los españoles cuando el 9 de diciembre de 1887 se enteran de lo ocurrido a un vecino del barrio que en Monforte de Lemos recuerda al maestro cantero Pedro Rodríguez de Remberde.

Este señor es padre de un chaval afectado de continuas crisis nerviosas, con los sentidos llenos de campanas, gritos terroríficos y cabezas monstruosas. De sus angustias da cuenta a Bonifacio, otro residente en las orillas del Cabe a quien nada le asombra de cuanto oye.

_Tu hijo no está en peligro ni mucho menos. Le pasa que tiene metidos en el cuerpo tres diablillos. Yo se los sacaré y evitaremos que se muera y que se lo lleven a los infiernos.

La promesa es pronto conocida por la vecindad y todos quieren comprobar de visu las habilidades de Bonifacio. Consiste la terapia en reunirse a eso de las once de la noche en el domicilio del endemoniado, comer tres pedazos de pan y tres sorbos de vino, colgarle al nervioso toda suerte de escapularios y hacerse con una estola, un clavo, un martillo y una vela que allí dejarán encendida.

Con la impedimenta en mano, se dirige la comitiva a la capilla de San Lázaro, allá en el lugar de Carud, a fin de llegar frisando las doce. Bonifacio golpea tres veces “la iglesia de refugio”, recita unas oraciones y dan nueve vueltas al edificio. Luego martillea el clavo y el rapaz debe sacarlo con la boca. Como no lo consigue, regresan, y si la vela está encendida, es buena señal. Deben darse una comilona hasta las tres y repetir los exorcismos a la noche siguiente. Así se hace cuatro días, pero viendo la autoridad la multitud que se junta, ordena detener a Bonifacio y dar fin al Ramadán.

Precioso, pobre y quemado

Viernes, 8 de Enero, 2016

Una sugestiva novela de Precioso

Artemio Precioso gana la fama con su pluma y sus picantes novelas, con el periodismo y con la política, de modo que no lo vamos a sacar de célebre, sobre todo cuando su hijo, de igual nombre, da nuevos motivos para que nadie se olvide del onomástico, una vez oído.

Precioso fue gobernador civil de Lugo con la II República y cuando deja éste y otros destinos que ocupa, su amigo Juan González Olmedilla le pregunta dónde ha encontrado mayor sentimiento republicano, a lo que el exgobernador contesta:

_ En Lugo, desde luego. Allí hay una gran disciplina política. Y el jefe provincial de los radicales, mi amigo D. Manuel Becerra, ha hecho del partido un magnífico instrumento de colaboración republicana para ayudar en su gestión a cualquier gobernador republicano de Lugo… que sea de verdad republicano.

Don Artemio resume su paso por Lugo con pinceladas que hoy resultan irreconocibles. Para empezar, dice que el cargo le supone perder la mitad de los ingresos que obtenía antes como corresponsal del Heraldo de Madrid y El Liberal en París, que no podemos imaginar demasiado elevados.

Añade la falta de autoridad del poder central frente a los poderes locales. Es decir, reclama un mayor centralismo y menor autonomía. Autoridad también para repeler los caprichos de los diputados provinciales y los caciques. Considera absurdo que el representante del Estado tenga que pedir permiso y presupuesto a la Diputación Provincial “para que se restaure una alfombra o se reponga una vajilla en el servicio del Gobierno civil”.

En resumen, “para ser gobernador civil de la República hay, primero, que ser rico. O representar el cargo en precario y salir de él entrampado o deshecho económicamente, como yo he salido”.

Por eso se puso a la labor de traducir la obra de André Maurois.

La calle de Cid

Jueves, 7 de Enero, 2016

José María Cid Ruiz-Zorrilla

La dedicatoria de las calles en España arrastra un reguero de polémicas que todavía no ha sido reunido en libro, pero que da para varios tomos.

El 27 de noviembre de 1934, en plena edad media de la II República, visitan Lugo el ministro de Obras Públicas y el de Instrucción Pública y Bellas Artes. La ciudad los acoge con tan rendido fervor que al primero de ellos le dedica una calle, de modo que la bautizada por el pueblo como Cerrada, porque lo era, pasa a llamarse calle de José María Cid Ruiz-Zorrilla, el agrarista zamorano que lleva en el Ministerio apenas mes y medio y donde va a permanecer tan solo otros cinco.

Como bien queda de manifiesto debido a la época en que se produce, el delirio por la toponimia política no es exclusiva de un régimen, sino virus consustancial del bicho, al margen de los merecimientos que cada cual merezca, pues la imagen de un ministro de cuerpo presente, presidiendo la recepción de una calle en una ciudad en la que pone por primera vez la planta de su pie y donde no volverá a hacerlo, al menos como ministro, en los días de su vida, resulta, como poco, chocante.

Y hemos de decir que tanto José María Cid, como su colega de visita, Filiberto Villalobos González, fueron políticos de provecho y mejores personas.

A Cid, el de la calle lucense, no al Campeador, le toman constantemente el pelo las revistas humorísticas a costa de su oronda figura. Gracia y Justicia lo considera “una de las personas de más bulto de la política actual”, y Gutiérrez propone que el ministro festeje el 24 de mayo, por ser el de san Robustiano.

Su pase a la historia no se lo garantiza con la efímera calle de Lugo, sino por ser uno de los cuatro diputados que acusan al Gobierno de la República de estar detrás del asesinato de Calvo Sotelo. Los otros fueron Suárez de Tangil, Gil Robles y Ventosa.

La huella delatora

Miércoles, 6 de Enero, 2016


Un saqueador detenido durante la huelga general de 1917. ¿Será Pablo?

Pablo Jiménez, el hombre a quien trata de suplantar ante su familia el ex-soldado de Santa María de Franqueán (O Corgo), Gerardo Fernández Gude, no ha muerto en las batallas del desastre de Annual, sino en el derrumbamiento de la Comandancia de Melilla en el mismo año de 1921.

Petra, la madre del difunto, clava su vista en los ojos de Gerardo y en ellos no reconoce los de su hijo, pero quién sabe si el sol de África es tan potente como para fundir el iris y convertir en verdes lo que ayer eran acastañados.

Lástima, porque Gerardo tiene una niña preciosa y una mujer a las que alimentar. Démosles cena opípara y cinco pesetas de las tres que cobra de pensión.

_¡Ay, madre de mi alma! _ exclama Gerardo con la misma fruición que pondrá Pedro Pablo Ayuso en sus personajes radiofónicos.

Gerardo, Perpetua y Virginia duermen en casa de Petra, pero ella, lejos de regocijarse por el retorno del hijo perdido, le da vueltas a la cabeza sobre cómo despejar dudas de maternidad. De repente encuentra la solución y puede conciliar el sueño.

Antes de marchar a la guerra, su apreciado hijo Pablo participa en el saqueo de varios comercios madrileños al socaire de la huelga general de 1917. El chico confunde sindicalismo con pillaje y es detenido, pero mira tú por dónde aquel desliz legalista le sirve a la madre para deshacerse de Gerardo, pues el chico permanece dos días en la cárcel y se le toman las huellas dactilares.

Por descontado, las de Gerardo, por muy derretidas que estén, no son las mismas y se desbarata la patraña. Los médicos aprecian en el lucense un síndrome tendente a la suplantación, de modo que está poco tiempo entre rejas. De hecho, lo encontramos al año siguiente en Segovia, tratando de engañar a la familia de Ruperto Fernández, episodio ya relatado en esta sección (24-XI-2015).

El hijo resucitado

Martes, 5 de Enero, 2016

Pablo y Petra Jiménez

El afán de Gerardo Fernández Gude por la suplantación se inicia nada más regresar de la guerra de Marruecos. El de O Corgo se hace con una colección de tarjetas de visita a nombre de varias personalidades del momento y provisto de ellas, busca trabajo en Madrid haciéndose pasar por recomendado. Pero ni con ésas.

Luego viene su etapa de mendicidad y finalmente intenta explotar el timo del hijo muerto en combate y reaparecido.

Su primera víctima es una mujer de la calle Santa Juliana, próxima a Cuatro Caminos. La engatusa de tal manera que de ella recibe albergue y atenciones, aunque la mentira tiene las patas cortas y pronto se le acaba el momio.

Elige entonces a su segunda víctima. Sabe que se llama Petra Jiménez y que vive en el número 70 del Paseo de Extremadura, un lugar conocido como El Corralón. Su hijo Pablo fue soldado con él en el Regimiento de San Fernando. Escribe a casa por última vez dos días antes del desastre de Annual, hace ya siete años, y después el ejército lo da por desaparecido.

Para causar la impresión deseada, Gerardo deambula por las cercanías del paseo, como si estuviese desorientado y grita: “¿Cuál es el número 70? ¿Dónde vive Petra Jiménez?”

Los vecinos alertan a la mujer y le anuncian: “¡Petra, tu hijo Pablo ha vuelto de África!” Se pueden imaginar la emoción de la madre cuando ve que un personaje para ella irreconocible se abalanza y la abraza lloroso.

Las dudas no se disipan cuando avisa a sus otras hijas, Teodora y Juana, pues resulta que una lo identifica como Pablo y la otra no. Entre que soy o no soy, los Jiménez echan la casa por la ventana mientras escuchan embelesados las aventuras africanas del supuesto Pablo. Pero como el lucense meta la pata más allá de lo admisible, la familia discurre la manera de despejar incertidumbres.

Gerardo de O Corgo

Lunes, 4 de Enero, 2016

Foto familiar de un militar español en África

Gerardo Fernández Gude es un sargento del Regimiento español de San Fernando que regresa a la península tras largos años de estancia en la llamada guerra de África. Las penurias bélicas eran también su sustento y acabadas aquéllas, se terminó éste.

Nace en Santa María de Franqueán (O Corgo) con el siglo XX y a su vuelta de Larache se ha casado, bien en A Pastoriza, bien en Castro de Rei con la chairega Perpetua Bello, que ya le ha dado una niña a la que bautizan como Virginia. Ahora estamos en 1928, han pasado siete desde Annual y Virginia tiene quince meses.

A Gerardo lo han visto tirado por las calles de Madrid, pidiendo limosna y simulando, eso dicen, ataques epilépticos. Cansado de arrastrarse, él que ha dado lo mejor de sus años en defensa de la patria, considera que tiene derecho a vivir de ello mediante un plan que juzga irresistible.

Hace recuento de los compañeros fallecidos en la lucha contra los rebeldes, especialmente de aquéllos que desaparecen en los campos de batalla y anota en cada ficha todos los datos que recuerda de su biografía. Domicilio, nombre de los padres, si tienen hermanos, aficiones, etc.

Con ese bagaje informativo se presentará ante cada uno de esos padres y dirá que él es el hijo al que consideran muerto desde hace años. La guerra allí ha sido muy dura y el cambio físico que observen en él apenas será un leve inconveniente, borrado por la emoción que su regreso producirá sin duda en tan feliz familia.

Quizá el engaño no pueda prolongarse en el tiempo, pero mientras dure tendrá asegurado el condumio y quién sabe si algo más. Médicos habrá que cuando todo termine le diagnostiquen un síndrome de suplantación, ya en aquellos lejanos años veinte, porque la historia de Gerardo no ha hecho más que empezar.

Morir en San Clodio

Domingo, 3 de Enero, 2016

Ricardo Bellod Keller

Los aviadores españoles en la guerra de África forman el grupo Rolls, así conocidos por la marca de sus motores, adquiridos después del desastre de Annual.

Uno de ellos es el teniente Ricardo Bellod Keller, que participa en 144 vuelos sobre las líneas enemigas. Dicen que cada aparato español está marcado al menos con ocho impactos de bala y que lo extraordinario es regresar sin ninguno.

Bellod Keller se distingue en la acción de Ras-Tikermin de 1921, cuando vuela como observador con el piloto Hidalgo de Quintana, que es herido y él debe hacerse con el mando del avión. Recibe la Medalla Militar y en 1926 alcanza el empleo de comandante.

Cuatro años más tarde se casa en Madrid con María Victoria Batanero Maseda, hija del millonario lucense Manuel Batanero y Flórez, a pocos meses de fallecer en el nombrado Pazo Batanero de San Clodio, en Ribas de Sil. En la ceremonia firman como testigos el general Sanjurjo y los pilotos Gallarza y Ansaldo, entre otros.

El 18 de octubre de 1932, cuando Bellod está destinado en León, realiza un vuelo a San Clodio, para aterrizar en el Prado da Abadía, como había hecho otras veces. Allí le espera María Victoria con el primer hijo de la pareja en brazos. Pero algo falla. La rueda delantera del aparato se incrusta en tierra, pierde el control del avión y no puede detenerlo hasta que choca con el cierre de la finca, lo que ocasiona su incendio inmediato.

La vecina Aurita Arias se lanza en auxilio de Bellod y de su copiloto, el capitán Pardo. Corta los cinturones que los mantienen atados a la carlinga y los saca, pero las quemaduras sufridas determinan su suerte y el comandante Bellod morirá en el Pazo Batanero de San Clodio dos días después. Él, que había desafiado cientos de balas enemigas.

Sabina de Chantada

Sábado, 2 de Enero, 2016

Dama de la Caridad atendiendo un enfermo y San Vicente de Paúl

Sabina está cargada de años y pobreza. Tanta que es una de las personas atendidas en Chantada por las Damas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Vive encamada en el barrio de Lama das Quendas, cerca de la salida hacia Centulle, y allí la visitan y socorren las damas paulinas.

Estamos en 1920, los necesitados abundan y el dinero escasea. El caso de Sabina es extremo, y las damas exponen al párroco que reúne todas las condiciones para ser ingresada en un centro benéfico. Sin estar pendientes de Sabina, ellas podrían atender a tres o cuatro personas más.

Lo consiguen y la mujer deja Lama das Quendas para ocupar cama pública. Allí recibe algunas visitas ante las que gusta mostrarse con un collarón de perlas que en el decir de las gentes vale una fortuna. Un día le llega una carta en la que se le comunica que ha muerto una persona que la reconoce en su testamento como su única familiar y Sabina se acuerda de ella. “¡Ah! Sí, el hoy Canónigo. Ahora solo quedo yo”.

Los comentarios sobre el collar y sobre la muerte del eclesiástico llegan a oídos de un caballero que huele la existencia de un capital, más grande que pequeño, entre la joya y la herencia del canónigo.

Con esos pensamientos visita a Sabina en su lecho y le propone irse a vivir con ellos, donde estará mejor cuidada en un ambiente familiar. A Sabina le parece de perlas, haciendo juego con el collar, y allá que se va. Durante años es atendida con mimo por el espontáneo benefactor, hasta que una tarde el hombre se sincera: “Ya que usted no tiene familiares y dados los cuidados que le dispensamos, ¿no sería justo que me nombrase heredero?” A Sabina le parece correcto y así lo hacen.

Gran decepción se llevará el filántropo a la muerte de la mujer, pues el collar era una baratija y el pariente, ni fue eclesiástico, ni un duro tenía. Simplemente, se llamaba Eloy Canónigo.