Archivo de Diciembre, 2005

La educación, según Lewis

Lunes, 12 de Diciembre, 2005

Con Narnia se rescatan valores humanos en desuso y se dota de actualidad a su autor, el irlandés Clive Staples Lewis. Suyo es un artículo sobre la educación (1942), cuyo extracto tomamos prestado para preguntarnos si está vigente en la España de 2005. Dice así:
“El espíritu del “soy tan bueno como tú” (la envidia, despojada de sus connotaciones de pecado) se abre camino en el sistema educativo. Los zopencos no deben sentirse inferiores a los alumnos inteligentes y trabajadores, pues sería antidemocrático. Las diferencias deben ser disimuladas. Esto puede hacerse a varios niveles. En las universidades, los exámenes deben plantearse de forma que casi todos los estudiantes tengan buenas notas. En las escuelas, los niños que sean demasiado estúpidos o perezosos para aprender pueden dedicarse a hacer las cosas que los niños acostumbraban en su tiempo libre. Dejarles, por ejemplo, hacer pasteles de lodo y llamarle a eso modelar. Pero en ningún momento debe producirse la más leve insinuación de que son inferiores. Sea cual fuere la tontería a la que se dediquen, deben tener “paridad de estima”. No es imposible un plan más drástico todavía. Los niños aptos para pasar a una clase superior pueden ser retenidos artificiosamente, porque los demás podrían contraer un trauma (¡Belcebú, qué palabra más útil!) al quedarse rezagados. El alumno inteligente permanece así democráticamente encadenado a su grupo de edad a lo largo de toda su carrera escolar. En una palabra, podemos esperar la virtual abolición de la educación. Todos los incentivos a aprender y todos los castigos por no aprender desaparecerán. A los pocos que podrían querer hacerlo se les impedirá; ¿quiénes son ellos para superar a sus semejantes? Y, en cualquier caso, las maestras (¿o debería decir niñeras?) estarán demasiado ocupadas tranquilizando a los zopencos y dándoles palmaditas en la espalda para perder el tiempo en enseñar de verdad”.

Expansionismos

Domingo, 11 de Diciembre, 2005

Ya se habla de pangaleguismo simplemente porque el BNG propone que el nuevo estatuto regule la incorporación a Galicia de los ayuntamientos limítrofes que lo deseen. Tenemos antecedentes para todos los gustos, desde el aparcado Plan Ibarretxe, que sugiere la incorporación de comunidades enteras (Navarra) y de territorios extranjeros (Iparralde-Lapurdi, Behe Nafarroa y Zuberoa), hasta el vigente estatuto de autonomía de Castilla-Léon, que en sus disposiciones transitorias séptima y octava establece el camino que ha de seguirse para que un municipio, una provincia, o incluso una comunidad, pueda integrarse en ella. El estatuto concede también la posibilidad de que un territorio o municipio propio se segregue y se incorpore a otra comunidad. Naturalmente, la comunidad entera no puede segregarse de sí misma.
A la propuesta del BNG, tal como fue anunciada, le falta el derecho recíproco, es decir, la posibilidad de que un municipio gallego quiera hacerse asturiano o leonés, o bielorruso. Qué bonito sería ese titular: “Lugo se hace sueco, que no el sueco”. No dudamos que la propuesta final para Galicia contemple la doble dirección de entrada y salida.
Las Juventudes de la Unión del Pueblo León (UPL) a buen seguro desconocen el texto de su estatuto, pues han dicho que la intención del Bloque es “impresentable y propia del imperialismo más zafio y caciquil”. Eso se llama paja ajena y viga propia.
Pero más que pangaleguismo, lo que hay en la propuesta del BNG es la solución ideal para todos los problemas territoriales. Vean, si dice que “podrán incorporarse a Galicia aquellos ayuntamientos limítrofes de características culturales, históricas, económicas y geográficas análogas mediante procesos democráticos que serán regulados por ley”, y teniendo en cuenta lo común que hay en el territorio español por completo, todos podrían incorporarse y así haríamos una España tan grande como la de ahora.

Sólo nación

Sábado, 10 de Diciembre, 2005

Después de tantos de siglos disfrutando los míticos títulos de frontera con el País de los Muertos, meta de la Vía Láctea, antesala de los Campos Elíseos, Costa da Morte, jardín de las Hespérides o Extremo Occidente del mundo conocido, llegar al convencimiento de que Galicia sólo es una nación más, la verdad, desinfla el ego.
Quizás el siglo XXI no sea el mejor momento para ser reconocido como Imperio de los Peregrinos, dadas las connotaciones peyorativas que les han endosado a los imperios, pero de ahí a quedarse a modo de nación monda y lironda, como si san Andrés no hubiese sido encargado que presidir el último confín continental, a las puertas de donde residen en feliz camaradería dioses, héroes y tumbas; como si a otro de los apóstoles destacados, el llamado Bonaerges o hijo del trueno, no se le hubiese contratado para residir en sitio principal, resulta descorazonador.
Dicen los promotores del texto donde se tiene a Galicia como nación que esta tierra debe jugar en la primera división de las naciones, que es tanto como descender de golpe tres o cuatro peldaños y quedarse como una Suiza cualquiera, con muchas vacas, un restaurante que se llama Chocolate y una bandera que en vez de cruz griega tiene el Natalis Calicis.
Sí, ya imaginamos que llegar a la taquilla de la Sociedad de las Naciones y decir que se presenta el Imperio del Sol Poniente es tanto como opositar a que nos den con la puerta en las narices, pero ¡qué narices! si lo eres, no vas a doblegarte al albur de unos oficinistas burocratizados y aburridos.
Por lo menos, habiendo albergado el primer reino peninsular, el que hicieron los suevos con los restos de la 96 provincia romana, última en incorporarse al imperio, bien se podría aspirar a recuperarlo y entronizar a Amancio Ortega para el cargo, pero va a ser que no. Nos quedamos en nación, que es como nos trajo Dios al mundo.

Nueve puntos

Viernes, 9 de Diciembre, 2005

El reconocimiento de ERC como “socio peligroso” no es nada comparado con el peligro intrínseco de un Gobierno dedicado desde su arranque a hacer cosas raras para que no hubiese dudas de que llegaba otro estilo. Ya no las hay. El new style está perfectamente instalado y campa por sus respetos confundiendo a los más afines sobre cómo ha de entenderse la acción de gobierno.
Demostrado con hechos que ZP no es Aznar, quizás fuese ahora bueno el momento de prestar la atención debida a los aspectos típicos y tópicos de cualquier gestión, aunque cuesten más trabajo o con ellos se ganen menos titulares de prensa en el día a día.
Precisamente hoy ABC acoge una colaboración que resume en nueve puntos los problemas fundamentales que deberían merecer toda la atención de un ejecutivo eficaz y realista. Es un nonólogo básico realizado por el director del Centro de Investigación y Desarrollo Empresarial, Josep Miró i Ardèvol, y por lo tanto, subjetivo; pero aun así, el autor no se olvida de ninguna de las grandes áreas de competencia estatal, las económicas y las sociales.
Su mera lectura, aunque se discrepe en el diagnóstico, pone en evidencia los episodios nacionales de la actualidad, es decir, resalta la gravedad del enfrentamiento Bono-Moratinos, de cómo se encara la LOE, del coqueteo con la condena o no de la violencia, de la arbitrariedad del estatut y de la frivolidad que refleja la actividad gubernamental en la mayoría de las ocasiones.
Por supuesto, la oposición centra su atención en culpar de incompetencia al presidente, que comienza a dar muestras de sentirse acorralado desde todos los frentes, incluidos el de sus socios y el de su propio gabinete.
Puestas así las cosas, a Miró i Ardèvol le parece más prudente mostrarle el camino a seguir. No grita ahoguémosle ahora que zozobra; sino, salvemos a Willy, salvemos a ZP.

El símbolo de la nada

Jueves, 8 de Diciembre, 2005

Por primera vez en la historia de la humanidad está a punto de nacer un símbolo que no significa nada, prueba de que el hombre aun nos reserva inmensas sorpresas de su capacidad por emparentar con los simios, que ya han llegado a esa misma conclusión desde que están sobre la Tierra, pues para hacer ese viaje han decidido prescindir de ellos, salvo el de enseñar los dientes cuando están cabreados.
El caso es que la diplomacia mundial está reunida en Ginebra para lograr que la Cruz Roja, la Media Luna Roja, el León Rojo y la Magen David Adom se identifiquen con un símbolo que no simbolice nada, de tal modo que sea aceptado por todos, incluidos los nihilistas, que estarán encantados con la revolucionaria medida.
Estos señores tan gilipollamente correctos parten de que los símbolos han de molestar a alguien y que ese alguien molesto ha de tener la razón frente a los trillones de personas que entienden su valor y no se escandalizan ante la cruz griega, la media luna o la estrella de David, porque detrás de ellas, por muchos errores que hayan cometido sus portadores, hay una historia, unos valores y unos ideales.
Evidentemente, detrás de la nada, nada hay. O mejor dicho, hay significados que nada tienen que ver con el fin propuesto, porque la solución que más partidarios tiene para realizar el trueque en la humanitaria institución es un diamante, y hoy en día ese signo representa, según en qué códigos, lo siguiente: el antimonio, el amianto, el jabón, un recipiente no transparente, Vesta, la goma, el plástico, el rombo, prohibido a menores de 14 años, la decisión filosófica, el encendido de un aparato, un escudo losange, el cuerpo de Ingenieros, la lógica posible, la equivalencia o un terreno abierto, si a orientarse en lo bosque nos referimos. Ya verán ustedes qué risa cuando a alguien le dé por decir que le molesta la señal del antimonio, o que allí no entra una ambulancia con el símbolo del jabón. Como dicen por ahí, cualquier día suprimen el signo de la suma.

La palabra del año

Miércoles, 7 de Diciembre, 2005

Ahora que periclita el año se elige quiénes fueron sus protagonistas, sus películas, o su música. Si se hiciese votación para señalar la palabra representativa de los doce meses no le auguramos malos resultados a la crispación.
Ciertamente se habló mucho de ella, aunque casi siempre en la misma dirección y con los mismos agentes causales. Se sobreentiende que existe entre la población, pero también que su origen es único, el de los medios críticos con el Gobierno, como si el Gobierno en sí mismo, o sus medios afines, o los partidos aliados, o la oposición, o cualquier otro elemento social careciese de la capacidad de crispar.
Y no. Crispar, crispamos todos, cada cual a su contrario; máxime si recordamos el proverbio que plantea la fórmula del imposible político: “tres españoles, cuatro opiniones”. Pero ¿por qué este año más que los anteriores?
A falta de mayor profundización, parece evidente que se trata de un fenómeno de acumulación, como la grasa. Un exceso de vez en cuando no deja huella, pero la ingesta continuada de lípidos crea magnitudes desbordantes. En ese sentido, desde los meses anteriores al 11-M venimos atesorando dosis de crispación, quizás porque el diapasón todavía reverbera y no ha alcanzado su equilibrio, quizás porque desde entonces la manera de entender la gestión de Gobierno ha cambiado de forma sustancial.
A título anecdótico, y sólo anecdótico, reparamos en que el étimo de la palabreja, el verbo latino crispo (encrespar), se fundió con el griego krepís (zapato), para dar como resultado en castellano a san Crispín, patrón de los zapateros que el gremio festeja el 19 de noviembre.
Y todo ello lo decimos esta semana constitucional, plagada de festividades, cuando el presidente del Gobierno ha dicho por primera vez que le disgustan las actitudes de sus socios de ERC y que no son imprescindibles para lograr una mayoría suficiente. Aleluya. A ver si nos descrispamos de golpe.

Houellebecq

Martes, 6 de Diciembre, 2005

El futuro que plantea Michel Houellebecq en su última novela se pinta con tres palabras principales, a saber, sexo, clonación e inmortalidad. Quizás el relato no sea tan frustrante como el mundo feliz de Huxley, ni tan totalitario como el 1984 de Orwell, porque La posibilidad de una isla plantea tesis más abiertas que las de sus famosos predecesores, aunque en los tres casos la humanidad imaginada se encamine siempre por derroteros desprovistos de su anterior espiritualidad.
El diagnóstico de Houellebecq no debe extrañar a nadie que, como él, observe las obsesiones actuales, especialmente las que se refieren al disfrute de la carne y a su conservación, es decir las prácticas sexuales y la cirugía estética, cuyo fines últimos se prolongan en la eterna juventud, la clonación y la inmortalidad. Si pensamos en Fausto, Dorian Gray o el propio Don Juan comprobaremos que Houellebecq tampoco hace otra cosa que poner al día la historia del viejo mito, aderezada ahora con técnicas como la de la clonación, que por una parte lo acercan a la actualidad de los raelianos de Claude Vorilhon, y por otra, al posibilismo de un futuro inmortal sin necesidad de acudir a pactos diabólicos o a magias poco probadas que hoy se presentan ya como hipótesis de consumo masivo a poco que se dejen correr un par de décadas.
Las reacciones ante la novela _ amplias, como ocurrió con la obra anterior de Houellebecq _, están siendo de variado pelaje y condición, como si el escritor de La Réunion afincado en España llevase consigo la misma capacidad para disgustar o entusiasmar, para ser considerado al mismo tiempo un ultraderechista falócrata, un anarquista conservador o un izquierdista complaciente, lo que pone en evidencia la desorientación ideológica a la que nos someten los nuevos tiempos.
En el fondo todos coinciden que Houellebecq es un avispado polemista en un mundo que sabe a dónde camina, pero no sabe si le gusta o no.

La fiesta

Lunes, 5 de Diciembre, 2005

Cabe suponer que los partidos ausentes de los actos institucionales de hoy no participarían jamás en una fiesta de la Constitución española, fuese cual fuese su redacción, salvo que elevase al absurdo su propia existencia declarando naciones independientes a partes de su territorio, con lo cual dejaría de ser su territorio y con lo cual tampoco estarían estos partidos. (Espero que no se hayan atragantado en el fárrago precedente).
Cabe suponerlo, pero tampoco está meridianamente claro, puesto que su desafección constitucional no les impide presentarse a las elecciones generales, a las autonómicas y a las locales; sentarse en el Congreso y el Senado, en los parlamentos y en los consistorios; gobernar en sus lugares de asentamiento o incluso ayudar a la formación de gobiernos nacionales, actividades, todas ellas, creadas y garantizadas por la Constitución. Todo ello exhala cierto tufillo a chapuza, sin que seamos capaces de decir con exactitud por qué. Nos induce a pensarlo viendo que al ciudadano mondo y lirondo no se nos permite elegir qué leyes vamos a cumplir a rajatabla y cuáles nos parecen anacrónicas o abusivas.
Tampoco se debe decir que el texto del 78 es la destilación sincrética del Código de Hammurabi a la que no se pueda tocar ni una coma, pero mientras se mantenga en vigor no hay duda de que se trata de la máxima norma de convivencia y la razón de casi treinta años de pacífico desarrollo, valores que cualquier reforma posterior tendrá que acreditar.
Puestos a hacer homenajes, la Constitución del 78 tiene motivos para recibirlos y la que la sustituya tendrá que ganárselos. Por lo tanto, hacer de hoy una fiesta de la reforma es muestra de una gran irresponsabilidad por mucha utopía que le eches. Y cuando que oye que en el nuevo texto, donde dice “disminuido” ha de aparecer “discapacitado” para materializar el gran cambio, las ansias reformistas periclitan definitivamente por la pata abajo.

Problemas

Domingo, 4 de Diciembre, 2005

Detectados problemas en Bitácora. STOP. Imposible el envío de comentarios. STOP. Se aguardan soluciones habitacionales en breve STOP.

La última reforma

Domingo, 4 de Diciembre, 2005

El perifrástico ZP se consolida día a día como un auténtico depredador del diccionario, como si gobernar consistiese en dotar a las palabras de nuevos significados de tal forma que el problema de la vivienda desapareciese por ensalmo pronunciando el conjuro de “soluciones habitacionales” y la cohesión del Estado pasase por la invocación druídica de las “entidades nacionales”.
Hace pocos días ZP felicitó al presidente del Senado, Javier Rojo, “por tu recién adquirida condición de abuelo”, y no “por ser abuelo”, como decimos el resto de los mortales. Un comentarista de El País bromeó diciendo que cualquier día felicitará a quien corresponda “por su abuelidad”.
La última iniciativa en este sentido le sirve, nada menos, que para justificar una nueva reforma de la Constitución, pues cree el émulo de Nebrija que existe gran afrenta en definir como “personas disminuidas” a quienes para él son “personas discapacitadas”.
Si el lector dispone de tiempo y humor como para visitar el diccionario, allí comprobará la magnitud de la chorrada. Le ahorramos la consulta. Disminuido se aplica a aquél “que ha perdido fuerzas o aptitudes, o las posee en grado menor a lo normal”. Por su parte, discapacitado es aquél “que tiene impedida o entorpecida alguna de las actividades cotidianas consideradas normales, por alteración de sus funciones intelectuales o físicas”. Como se puede observar, hay que ser muy obtuso para distinguir graves matices diferenciales que justifiquen, no ya la reforma constitucional, sino la mera pérdida de tiempo en el planteamiento.
Puestos a ser revolucionarios, convendría precisar que muchas de estas personas están disminuidas o discapacitadas para unas funciones, pero son bastante más hábiles para otras. Por ejemplo, a ninguna de ellas se les ocurriría convocar las Cortes para debatir semejante memez.