Archivo de Julio, 2005

Una historia masónica

Jueves, 21 de Julio, 2005

Sin duda “La flauta mágica” es la más conocida y apreciada obra de temática masónica abordada por Mozart. Incluso llega a sugerirse que el compositor muere envenenado por sus compañeros de logia cuando comprueban que la ópera desvela más secretos iniciáticos de los que a ellos les hubiese gustado. Esta hipótesis, que se tiene por exagerada, sirve sin embargo para ilustrar hasta qué punto van de la mano por la historia la flauta y la masonería.
La ópera ha saltado a la actualidad por ser el espectáculo al que ZP asiste con sumo gozo, mientras en Guadalajara aún no se han apagado las llamas de la catástrofe. Es decir, el presidente no estaba ausente de la crisis, estaba en la ópera.
Más prosaico y mucho menos lírico, al presidente Barreda se le localiza durante los trágicos acontecimientos cenando en una parrillada / barbacoa, que ya son ganas de mezclar fuegos, hombre.
A los únicos que se ve trabajando en ese cuadro son al consejero de Presidencia y a la consejera de Medio Ambiente. Pero como el desastre humano, ecológico y político ya no tiene remedio, el escalafón del poder ha decidido que debe entregar una cabeza a la plebe para apaciguar sus ansias de justicia.
¿Cuál ha sido la cabeza entregada? Naturalmente, la de la mujer, Rosario Arévalo. La pobre ha sido obligada a inmolarse en la pira del Templo de la Sabiduría, la Naturaleza y la Razón que aparece en “La flauta mágica”, demostrando así que el simbolismo de Mozart sigue vigente pese al tiempo transcurrido.
Es curioso el ceremonial español que consiste en sacrificar a un político después de cada catástrofe, llámese Prestige, Carmelo o Guadalajara. El sumo sacerdote lo elige de entre los que tiene a mano y tomando el cuchillo sacrificial, le corta la cabeza a la vista del pueblo. La furia de los dioses se calma y todos vuelven a sus quehaceres, como si nada. Todos menos el inmolado, por supuesto.
Muy simbólico. Para que luego vengan con laicismos.

Madonna fue, existió

Miércoles, 20 de Julio, 2005

De acuerdo con sus propias palabras, concedidas a la prensa mientras da de comer a las gallinas, Madonna ya no es la chica egoísta y libidinosa que conocíamos. Su vida ha dado un giro copernicano en contra de Parménides y ahora se muestra más modosa que Julie Andrews cuando se presentó al casting de Mary Poppins.
Es de suponer que la revelación ha causado la deserción de sus últimos admiradores, si es que le quedaba alguno, pues una Madonna recatada, que alimenta con esmero a sus gallinas y que prepara sopa de puerros para sus niños a la hora de la cena, no le interesa a nadie.
No obstante, el irresistible aburguesamiento de Madonna conserva un punto de notable interés, pues revela que si la moza ha sentado cabeza, bien se puede aguardar que lo hagan otros muchos personajes que hoy se manifiestan abiertamente partidarios del egoísmo como fórmula válida de convivencia. Y lo que es más grave, con el aplauso y el reconocimiento de una masa de seguidores que pretenden ser algún día tan egoístas como sus ídolos.
El aspecto libidinoso del reciclaje madonnil carece de interés, como también carecía cuando la muchacha brincaba por los escenarios como una pésima imitación de las sacerdotisas de Astarté.
El fin de la época egoísta y despendolada de la cantante queda certificada en dos ideas soberbias: La primera, que el mundo ha dejado de dar vueltas alrededor de ella, lo cual no se decía desde las últimas declaraciones de Apolo desde su carro; y otra, que ahora ya no colecciona amantes, sino obras de arte.
No hay palabras para expresar el contento que ambas afirmaciones han generado en los círculos generalmente bien informados. En el primer caso, porque la teoría heliocéntrica recupera peso entre los científicos; la segunda, porque el arte cobra así nuevos alientos.
Como todas las grandes noticias, la entrevista se publica en Vogue.

Me quemo solo

Martes, 19 de Julio, 2005

Buenas noticias. Esto funciona ya con toda la autonomía que se reclamó en los setenta a la par que la amnistía.
A la vista de lo ocurrido en el incendio de Guadalajara se puede decir incluso que hemos superado todas las expectativas, pues en aquellos momentos de euforia reivindicativa ninguno de los manifestantes que se desgañitaban haciendo coincidir las rimas –ía, podían sospechar que gracias a su clamor, treinta años después Castilla-La Mancha iba a tener tanto poder y tanta independencia como para rechazar la ayuda contra el fuego ofrecida por la Comunidad de Madrid, a la espera de los hidroaviones franceses, que ésos sí que mojan.
Ahora se nos cuenta que los servicios contraincendios madrileños permanecieron todo este tiempo en estado de alerta, manguera en ristre, esperando que al señor Barreda se le ablandara la autonomía y les permitiese cruzar la frontera, recorrer los ochenta kilómetros que les separan de la catástrofe y echar una mano para controlar la gigantesca tea.
Pero su gozo solidario, como el agua salvadora, se quedó en el pozo. Eso sí, el chaparrón se lo llevó Fernández de la Vega, que para el caso es lo mismo.
Cuesta trabajo suponer que si Madrid estuviese gobernada por las mismas siglas que Castilla-La Mancha, entonces sí que se hubiese aceptado la ayuda. Cuesta trabajo porque la soplapollez es mayúscula, y uno todavía tiende a pensar que a los puestos de responsabilidad política llegan los mejores, no los más cabritos.
Duro golpe para la alianza de civilizaciones cuando Guadalajara y Madrid no son capaces de ayudarse en un incendio forestal. La parte positiva de la tragedia, que los habitantes de la zona devastada habrán apreciado en toda su dimensión, es el alto grado de autonomía alcanzado por su comunidad. Un nivel que no se conocía desde la invasión de los alanos. Enhorabuena.