El poder coercitivo
28 de Enero , 2012
En ocasiones un miembro del legislativo se mezcla entre las filas del coercitivo
Costó trabajo imponer los tres poderes. De hecho costó los veintitrés siglos que nos separan de Aristóteles porque hasta la pasada centuria no hubo un convencimiento pleno de que someterse a ellos favorecía la convivencia. Y eso siendo generosos, porque todavía existen países en donde la división de poderes les suena de los libros.
Allí la ley es la voluntad del sátrapa, la violencia del mafioso y el capricho del corrupto. Pero admitamos que aquí tenemos de todo; un legislativo libremente elegido, un judicial de carrera y un ejecutivo que se somete a las urnas. Incluso le hemos añadido un cuarto poder en manos de la prensa y también se habla de otros que aspiran a ser el quinto.
Entre ellos destaca una camarilla de personajes que semana sí y semana también hacen pública exhibición de lo que podríamos denominar el poder coercitivo. Suelen especializarse en el control sobre el judicial, aunque tampoco desprecian la caza del ejecutivo.
Según su última convocatoria se trata de quienes dicen ser y llamarse Juan Diego Botto, José Sacristán, José Luis Gómez, Juan José Millás, Luis García Montero y Pilar Bardem. Unos señores y señoras que se deben reunir en algún palacio como los de la Moncloa, la carrera de San Jerónimo o la plaza de París. Allí deciden cuándo deben actuar y contra qué. ¿Les parece que juzgar a Garzón es muy feo y juzgar a Camps muy poco? Pues se ponen de acuerdo por twitter y salen a la calle con alguna pancarta alusiva para que los tres poderes se vayan enterando de que en España no han llegado a ninguna parte.
El poder coercitivo tiene la ventaja de que los cargos solo se renuevan por ley biológica, así que pueden estar dándole a la pancarta hasta que llegue la Parca, siempre que exista un mínimo de quince a veinte comparsas que les hagan los coros.











